Esther
Le gustaba sentir como el agua templada de la ducha le resbalaba por el vientre. Un vientre seco, vacío, un habitáculo de hambres y añoranzas, pero que a la vez contenía tantas cosas, tantos secretos, que parecía que fuera a reventar, a estallar en gritos, de un momento a otro. Recogió sus cosas y se dirigió al vestidor del gimnasio. Allí había otras tantas mujeres semidesnudas como ella, riendo entre vapores y toallas.
No podía evitar contemplar sus cuerpos milímetro a milímetro sin sentirse amenazada. Observaba escrupulosamente a sus compañeras mientras se recogía el pelo en una gruesa trenza, estudiando la complicada geografía de sus cuerpos maduros entrados en carnes. Cuerpos vibrantes, sembrados de estrías, hoyuelos, varices, cicatrices, vencidos por la flacidez. exuberantes, obscenos, pero imbuidos de una extraña alegría que ella no lograba comprender. Se comparaba, se comparaba continuamente…Bien, bien, a sus 36 años, no estaba tan mal.
No era ni demasiado joven, ni demasiado mayor. Era hermosa y todavía tenía la piel firme, pero su cuerpo, en vez de romper en carcajadas como el de aquellas mujeres, se mostraba sombrío y pudoroso. Se vestía con parsimonia y angustia, sin dejar de pensar que algún día sería una flor marchita, un amasijo de carne fofa y arrugada. Mientras unas celebraban la vida acumulada en sus muslos, ella tan sólo pensaba en el horror de unos pechos caídos como cataplasmas.
“!Holaaa, soy la ley de la gravedad, Quiero tus glúteos, quiero tu vientre, la cara interna de tus brazos, tus mejillas, tus párpados, y tu cuello, ¡¡y los quiero ya!!. Quiero tus turgentes tetas, ¡ya no las necesitarás! Eres demasiado mayor…”
-¿Te encuentras bien, Esther!!- Una voz cantarina la rescató del sopor y el ensueño.
- Eh? Sí, sí…sólo estoy un poco agotada, me voy a casa, nos vemos el jueves-
Terminó de vestirse y se dirigió con rapidez a la puerta. Un sonoro pitido la volvió a perturbar. Era su marido, que había pasado a recogerla en el coche, sin avisar. Tiempo atrás, este tipo de detalles la hubiera emocionado, y se hubiera alegrado de ver su cara asomando por la ventanilla. Pero ahora, en cambio, la molestaba sobremanera ¿qué pretendía?¿sorprenderla en un desliz?¿acaso la estaba espiando?. Le sonrió con fingido entusiasmo, subió al coche, y le besó con desgana, como era costumbre de un tiempo a esta parte.
-Hola,… ¡qué sorpresa…!
Camino de casa, su mente no paraba de divagar. Cuatro años de matrimonio… no estaba segura si eran pocos o eran muchos. Pero para ella eran los suficientes como para vivir mortalmente aburrida en una casa bonita con un hombre diez años mayor que ella, que le daba todo a cambio de casi nada. Los hijos no llegaban, por más interés que ponían en ello, y ella tenía la sensación de tener la sangre contaminada, de que su vientre, en vez de ser hierba fresca y tierra húmeda en la que germinan las flores, era un vertedero infecto, una cloaca .
Le perdonó que fuera un hombre taciturno y aburrido porque consideró que sería un buen padre, un buen compañero, generoso, comprensivo, tranquilo y con la vida resuelta. Pero los niños no llegaban, no llegaban. Mientras pensaba en todo esto, él le hablaba del trabajo, hacía comentarios sin chispa, de lo esto y de lo otro, intentando atraer su atención, y ella respondía a aquel murmullo que en realidad no escuchaba asintiendo con la cabeza.
Sin niños, sin proyectos en común, su compañía se le hacía insoportable y tediosa. La idea de pasar la vida juntos, los dos solos, le parecía un auténtico suplicio.
Pero él estaba siempre pendiente de ella, en sus momentos más bajos era la única persona que ella toleraba tener cerca. Le perdonaba sus desaires y esperaba paciente a que cesara la tormenta.
Pero aunque no lloviera o tronara, su mente siempre estaba nublada…cuando cayó en sus manos aquella obra de García Lorca,“Yerma”, nada volvió a ser igual. Se involucró tanto en la tragedia de la protagonista, que la creyó un poco suya. Yerma es una mujer del campo, que se siente incompleta, frustrada por no poder tener hijos, ya que su marido es estéril y sus convicciones morales le impiden acostarse con otro hombre. En su desesperación, acaba dándole la muerte…matando simbólicamente a su propio hijo.
A partir de entonces, Esther emprendería una absurda carrera kamikaze en busca de su propia disolución, incapaz de asumir su propia finitud, su mortalidad, incapaz de hacer frente a la decrepitud, e intentando aferrarse a un espejismo de juventud y belleza eternas.
VIEJA. Oye. ¿A ti te gusta tu marido?
YERMA . ¿Cómo?
VIEJA. ¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?...
YERMA. No sé.
VIEJA. ¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca sus labios? Dime.
YERMA. No. No lo he sentido nunca.
Esther se mira al espejo. Y se ve a través del espejo. Como una Alicia atolondrada que quiere ser eternamente niña ("cómeme, bébeme.."), o como una perversa Reina de Corazones que quiere ver cabezas empapadas en sangre rodando a sus pies. Ríe, ríe y se emborracha de su propia risa. Llora. Llora y ríe hasta resultar patética. Quiere que le estrujen los pechos, que le pellizquen las nalgas, que le muerdan el cuello y le llenen la boca. Quiere que la pongan a cuatro patas y la empujen mientras le arañan la espalda. Cómeme, bébeme, cómeme, bébeme!
–Todavía soy joven, debo batallar mi carne antes de que se desgaste, antes de que me la arrebate el tiempo ¡no estoy muerta!¡todavía no!
Encontrar hombres a quién entregarse es fácil. Esther lo sabe y cuando puede sale sola a peinar los bares buscando guerra. A veces se sienta sola en la barra y espera, cruzando y descruzando las piernas… otras veces se pierde entre la multitud, y como si se tratara de la gallinita ciega, el primero que le agarra las caderas para bailar se lleva el premio a casa. No siempre de noche, de día era incluso más fácil y más rápido. En Internet pululan millones de cuerpos solitarios que buscan sexo fugaz y sin complicaciones, y ella quería las justas.
LAVANDERA 5. Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.
LAVANDERA I. Pero, ¿por qué?
LAVANDERA 4. Le cuesta trabajo estar en su casa.
LAVANDERA 5. Estas machorras son así: cuando podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y andar descalzas por esos ríos.
LAVANDERA I. ¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es por culpa suya.
LAVANDERA 4. Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado.
(Ríen)
LAVANDERA 3. Y se echan polvos de blancura y colorete y se prenden ramos de adelfa en busca de otro que no es su marido.
LAVANDERA 5. ¡No hay otra verdad!
Esther era esclava del placer y del miedo. La perturbaba el gesto de sus amantes durante el acto. Hay un momento en que en el rostro del hombre asoma la bestia, el depredador. La naturaleza mata con garras y dientes, y qué son las caricias y los besos sino un preludio de un acto caníbal que nunca llega a materializarse.
El abrazo de un hombre prendido en deseo es como el ataque feroz de un oso hambriento…., y es también una pura cuestión de supervivencia. A veces no está claro quién es el depredador y quién la víctima. Por imperativo anatómico, es él quién domina, quién apresa, quién penetra y quién vacía su leche…, pero es ella quién provoca, quien tiende la trampa y quién se deja cazar para extenuar a la bestia y exprimirle hasta la última gota…
-Puedes hacerlo dentro….tomo la píldora (mentira)
En el rostro de cada extraño creía dislumbrar el hijo que jamás tendría. Hay un momento del coito en el que el hombre deja de ser bestia y se convierte en niño, y se hace vulnerable. Es entonces cuando ve el rostro de la Madre, no de su madre, sino de todas las madres, de la Madre con mayúscula. La gran Madre Cósmica que todo lo que crea lo destruye, y lo transforma. Y el hombre se hace pequeño y se rinde ante ella durante un breve segundo, hasta que recupera el aliento.
Esther lo sabe…¿o son alucinaciones?. Desde hace tiempo tiene horribles visiones mientras copula desaforadamente con uno, y otro, y otro, y otro… Ve niños, niños pequeños, bebés rosaditos y arrugados como cochinillos asados, desfilando frente a ella sobre una bandeja de plata. Huele a aceite de baño y suena música desafinada en un macabro banquete.
-¿Te has corrido?
A su marido no le importunaban sus escapadas, entre otras cosas porque no era amigo de las diversiones nocturnas, ni tampoco consciente de su doble vida. O quizá sí, pero no le importaba lo más mínimo, Le parecía bien que saliera y que volviera tarde, así el podría estar tranquilo con sus lecturas.
Pasaron tres años más, cuatro, finalmente cinco. Todo parecía seguir igual. ¿Igual?. No exactamente, pero al menos, se habían acabado los domingos de resaca…así que ahora empleaban estas ociosas tardes en pasear juntos. Compraban helados, y pasaban largas horas en algún banco del parque cogidos fuertemente de la mano, como si fueran dos adolescentes.
Veían desfilar frente a ellos a otras parejas más jóvenes, portando carritos de bebé, montando a los niños en el balancín…, veían mujeres amamantando a sus criaturas con los pechos henchidos de leche fresca. A ella se le revolvían las entrañas de pura envidia.
MARÍA: Dicen que con los hijos se sufre mucho.
YERMA:Mentira. Eso lo dicen las madres débiles, las quejumbrosas. ¿Para qué los tienen? Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero esto es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí.
Esther era guapa, sí, era hermosa, ¿pero hasta cuando?, ¿quién sería la heredera de aquel esplendor?. Sus amigas se iban marchitando, pero contemplaba en sus hijas la belleza que un día ellas tuvieron. Es así como se recicla la naturaleza. Nacer, crecer, reproducirse, morir, nacer…...
Pensaba en una hija como en una reencarnación de sí misma. Las mejillas tersas, la cintura breve, los ojos grandes y limpios. Pensaba en su vejez…, ¡se la imaginaba como un capítulo tan triste! Nadie heredaría su belleza…
Cuando peinas a una preciosa niña, carne de tu carne no te importan tus propias canas. A las madres les consuela la hermosura de sus hijos.
Si tuviera alguien a quién retransmitirle todo aquello…, si pudiera engendrar algo hermoso en su vientre dolorido y estéril que pudiera ser la prolongación de su cuerpo… no le importaría envejecer, no le importaría morir, porque algo de ella viviría en su obra. Pero no será así. Vería crecer a las criaturas de las demás, como flores que renacen de las cenizas de quienes le dieron la vida…, mientras ella se iría apagando poco a poco.
Quién sabe! Si lo hubiera seguido intentando…, con los avances de la ciencia en las nuevas técnicas de fertilización hubera sido posible. Quizá…... si no hubiera contraído aquel virus…, fruto de la concupiscencia feroz que la mantenía esclavizada. El cáncer de útero que le detectaron el año anterior no parecía tener buen diagnóstico. De momento la había incapacitado para la procreación, y para muchos otros menesteres. La medicación y la quimioterapia la había debilitado mucho, perdió mucho peso, parte del cabello, y todo el brillo en la mirada. ¡Ay sus trenzas!¡ay…..!
Su marido la había apoyado en todo momento y había decidido permanecer a su lado. Por lástima, por amor, por principios…, por inercia. No lo sabía con claridad. Quizá se sentía culpable…,
Pero para ella, tenerle al lado equivalía a tener un animal de compañía al que de vez en cuando achuchas, al que quieres pero no entiendes, que te quiere y no te entiende. Él nunca podría comprender aquel infierno en el que vivía. Él...¿quién era él?. No recordaba su nombre..¿era una prolongación de sí misma?¿por qué seguía con ella?¿quién era ella, o mejor, quién había dejado de ser?. Ya no pensaba con claridad.
Ahora Esther se mira al espejo y ya no ve a la joven Alicia, ni a la poderosa Reina de Corazones, ahora ve su propia cabeza rodando por el suelo, con la boca contraída en una mueca de desesperación.
El mundo seguiría girando…,sin ella, durante siglos, milenios, sus compañeras tendrían asegurada la inmortalidad, se entretejerían unas vidas con otras a través de cordones umbilicales invisibles, amor, risas, sudor, lágrimas, sangre….!Vida!.
Pero ella….ella moriría sola, sola, y no quedaría de su paso por la tierra más que un vago recuerdo que se diluiría en el tiempo. Ella dejaría de ser Esther para no ser nada. Para ser nada. Nada.
Yo planté un tomillo,
yo lo vi crecer.
El que quiera honra,
que se porte bien.













