Antídotos contra la belleza

Tuesday, January 15, 2008

Esther
Le gustaba sentir como el agua templada de la ducha le resbalaba por el vientre. Un vientre seco, vacío, un habitáculo de hambres y añoranzas, pero que a la vez contenía tantas cosas, tantos secretos, que parecía que fuera a reventar, a estallar en gritos, de un momento a otro. Recogió sus cosas y se dirigió al vestidor del gimnasio. Allí había otras tantas mujeres semidesnudas como ella, riendo entre vapores y toallas.
No podía evitar contemplar sus cuerpos milímetro a milímetro sin sentirse amenazada. Observaba escrupulosamente a sus compañeras mientras se recogía el pelo en una gruesa trenza, estudiando la complicada geografía de sus cuerpos maduros entrados en carnes. Cuerpos vibrantes, sembrados de estrías, hoyuelos, varices, cicatrices, vencidos por la flacidez. exuberantes, obscenos, pero imbuidos de una extraña alegría que ella no lograba comprender. Se comparaba, se comparaba continuamente…Bien, bien, a sus 36 años, no estaba tan mal.

No era ni demasiado joven, ni demasiado mayor. Era hermosa y todavía tenía la piel firme, pero su cuerpo, en vez de romper en carcajadas como el de aquellas mujeres, se mostraba sombrío y pudoroso. Se vestía con parsimonia y angustia, sin dejar de pensar que algún día sería una flor marchita, un amasijo de carne fofa y arrugada. Mientras unas celebraban la vida acumulada en sus muslos, ella tan sólo pensaba en el horror de unos pechos caídos como cataplasmas.

“!Holaaa, soy la ley de la gravedad, Quiero tus glúteos, quiero tu vientre, la cara interna de tus brazos, tus mejillas, tus párpados, y tu cuello, ¡¡y los quiero ya!!. Quiero tus turgentes tetas, ¡ya no las necesitarás! Eres demasiado mayor…”

-¿Te encuentras bien, Esther!!- Una voz cantarina la rescató del sopor y el ensueño.

- Eh? Sí, sí…sólo estoy un poco agotada, me voy a casa, nos vemos el jueves-

Terminó de vestirse y se dirigió con rapidez a la puerta. Un sonoro pitido la volvió a perturbar. Era su marido, que había pasado a recogerla en el coche, sin avisar. Tiempo atrás, este tipo de detalles la hubiera emocionado, y se hubiera alegrado de ver su cara asomando por la ventanilla. Pero ahora, en cambio, la molestaba sobremanera ¿qué pretendía?¿sorprenderla en un desliz?¿acaso la estaba espiando?. Le sonrió con fingido entusiasmo, subió al coche, y le besó con desgana, como era costumbre de un tiempo a esta parte.

-Hola,… ¡qué sorpresa…!

Camino de casa, su mente no paraba de divagar. Cuatro años de matrimonio… no estaba segura si eran pocos o eran muchos. Pero para ella eran los suficientes como para vivir mortalmente aburrida en una casa bonita con un hombre diez años mayor que ella, que le daba todo a cambio de casi nada. Los hijos no llegaban, por más interés que ponían en ello, y ella tenía la sensación de tener la sangre contaminada, de que su vientre, en vez de ser hierba fresca y tierra húmeda en la que germinan las flores, era un vertedero infecto, una cloaca .

Le perdonó que fuera un hombre taciturno y aburrido porque consideró que sería un buen padre, un buen compañero, generoso, comprensivo, tranquilo y con la vida resuelta. Pero los niños no llegaban, no llegaban. Mientras pensaba en todo esto, él le hablaba del trabajo, hacía comentarios sin chispa, de lo esto y de lo otro, intentando atraer su atención, y ella respondía a aquel murmullo que en realidad no escuchaba asintiendo con la cabeza.

Sin niños, sin proyectos en común, su compañía se le hacía insoportable y tediosa. La idea de pasar la vida juntos, los dos solos, le parecía un auténtico suplicio.
Pero él estaba siempre pendiente de ella, en sus momentos más bajos era la única persona que ella toleraba tener cerca. Le perdonaba sus desaires y esperaba paciente a que cesara la tormenta.
Pero aunque no lloviera o tronara, su mente siempre estaba nublada…cuando cayó en sus manos aquella obra de García Lorca,“Yerma”, nada volvió a ser igual. Se involucró tanto en la tragedia de la protagonista, que la creyó un poco suya. Yerma es una mujer del campo, que se siente incompleta, frustrada por no poder tener hijos, ya que su marido es estéril y sus convicciones morales le impiden acostarse con otro hombre. En su desesperación, acaba dándole la muerte…matando simbólicamente a su propio hijo.
A partir de entonces, Esther emprendería una absurda carrera kamikaze en busca de su propia disolución, incapaz de asumir su propia finitud, su mortalidad, incapaz de hacer frente a la decrepitud, e intentando aferrarse a un espejismo de juventud y belleza eternas.

VIEJA. Oye. ¿A ti te gusta tu marido?

YERMA . ¿Cómo?

VIEJA. ¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?...

YERMA. No sé.

VIEJA. ¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando acerca sus labios? Dime.

YERMA. No. No lo he sentido nunca.


Esther se mira al espejo. Y se ve a través del espejo. Como una Alicia atolondrada que quiere ser eternamente niña ("cómeme, bébeme.."), o como una perversa Reina de Corazones que quiere ver cabezas empapadas en sangre rodando a sus pies. Ríe, ríe y se emborracha de su propia risa. Llora. Llora y ríe hasta resultar patética. Quiere que le estrujen los pechos, que le pellizquen las nalgas, que le muerdan el cuello y le llenen la boca. Quiere que la pongan a cuatro patas y la empujen mientras le arañan la espalda. Cómeme, bébeme, cómeme, bébeme!

–Todavía soy joven, debo batallar mi carne antes de que se desgaste, antes de que me la arrebate el tiempo ¡no estoy muerta!¡todavía no!

Encontrar hombres a quién entregarse es fácil. Esther lo sabe y cuando puede sale sola a peinar los bares buscando guerra. A veces se sienta sola en la barra y espera, cruzando y descruzando las piernas… otras veces se pierde entre la multitud, y como si se tratara de la gallinita ciega, el primero que le agarra las caderas para bailar se lleva el premio a casa. No siempre de noche, de día era incluso más fácil y más rápido. En Internet pululan millones de cuerpos solitarios que buscan sexo fugaz y sin complicaciones, y ella quería las justas.


LAVANDERA 5. Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.

LAVANDERA I. Pero, ¿por qué?

LAVANDERA 4. Le cuesta trabajo estar en su casa.

LAVANDERA 5. Estas machorras son así: cuando podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y andar descalzas por esos ríos.

LAVANDERA I. ¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es por culpa suya.

LAVANDERA 4. Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado.
(Ríen)

LAVANDERA 3. Y se echan polvos de blancura y colorete y se prenden ramos de adelfa en busca de otro que no es su marido.

LAVANDERA 5. ¡No hay otra verdad!

Esther era esclava del placer y del miedo. La perturbaba el gesto de sus amantes durante el acto. Hay un momento en que en el rostro del hombre asoma la bestia, el depredador. La naturaleza mata con garras y dientes, y qué son las caricias y los besos sino un preludio de un acto caníbal que nunca llega a materializarse.
El abrazo de un hombre prendido en deseo es como el ataque feroz de un oso hambriento…., y es también una pura cuestión de supervivencia. A veces no está claro quién es el depredador y quién la víctima. Por imperativo anatómico, es él quién domina, quién apresa, quién penetra y quién vacía su leche…, pero es ella quién provoca, quien tiende la trampa y quién se deja cazar para extenuar a la bestia y exprimirle hasta la última gota…

-Puedes hacerlo dentro….tomo la píldora (mentira)

En el rostro de cada extraño creía dislumbrar el hijo que jamás tendría. Hay un momento del coito en el que el hombre deja de ser bestia y se convierte en niño, y se hace vulnerable. Es entonces cuando ve el rostro de la Madre, no de su madre, sino de todas las madres, de la Madre con mayúscula. La gran Madre Cósmica que todo lo que crea lo destruye, y lo transforma. Y el hombre se hace pequeño y se rinde ante ella durante un breve segundo, hasta que recupera el aliento.

Esther lo sabe…¿o son alucinaciones?. Desde hace tiempo tiene horribles visiones mientras copula desaforadamente con uno, y otro, y otro, y otro… Ve niños, niños pequeños, bebés rosaditos y arrugados como cochinillos asados, desfilando frente a ella sobre una bandeja de plata. Huele a aceite de baño y suena música desafinada en un macabro banquete.

-¿Te has corrido?

A su marido no le importunaban sus escapadas, entre otras cosas porque no era amigo de las diversiones nocturnas, ni tampoco consciente de su doble vida. O quizá sí, pero no le importaba lo más mínimo, Le parecía bien que saliera y que volviera tarde, así el podría estar tranquilo con sus lecturas.
Pasaron tres años más, cuatro, finalmente cinco. Todo parecía seguir igual. ¿Igual?. No exactamente, pero al menos, se habían acabado los domingos de resaca…así que ahora empleaban estas ociosas tardes en pasear juntos. Compraban helados, y pasaban largas horas en algún banco del parque cogidos fuertemente de la mano, como si fueran dos adolescentes.
Veían desfilar frente a ellos a otras parejas más jóvenes, portando carritos de bebé, montando a los niños en el balancín…, veían mujeres amamantando a sus criaturas con los pechos henchidos de leche fresca. A ella se le revolvían las entrañas de pura envidia.

MARÍA: Dicen que con los hijos se sufre mucho.

YERMA:Mentira. Eso lo dicen las madres débiles, las quejumbrosas. ¿Para qué los tienen? Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero esto es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí.

Esther era guapa, sí, era hermosa, ¿pero hasta cuando?, ¿quién sería la heredera de aquel esplendor?. Sus amigas se iban marchitando, pero contemplaba en sus hijas la belleza que un día ellas tuvieron. Es así como se recicla la naturaleza. Nacer, crecer, reproducirse, morir, nacer…...
Pensaba en una hija como en una reencarnación de sí misma. Las mejillas tersas, la cintura breve, los ojos grandes y limpios. Pensaba en su vejez…, ¡se la imaginaba como un capítulo tan triste! Nadie heredaría su belleza…

Cuando peinas a una preciosa niña, carne de tu carne no te importan tus propias canas. A las madres les consuela la hermosura de sus hijos.
Si tuviera alguien a quién retransmitirle todo aquello…, si pudiera engendrar algo hermoso en su vientre dolorido y estéril que pudiera ser la prolongación de su cuerpo… no le importaría envejecer, no le importaría morir, porque algo de ella viviría en su obra. Pero no será así. Vería crecer a las criaturas de las demás, como flores que renacen de las cenizas de quienes le dieron la vida…, mientras ella se iría apagando poco a poco.

Quién sabe! Si lo hubiera seguido intentando…, con los avances de la ciencia en las nuevas técnicas de fertilización hubera sido posible. Quizá…... si no hubiera contraído aquel virus…, fruto de la concupiscencia feroz que la mantenía esclavizada. El cáncer de útero que le detectaron el año anterior no parecía tener buen diagnóstico. De momento la había incapacitado para la procreación, y para muchos otros menesteres. La medicación y la quimioterapia la había debilitado mucho, perdió mucho peso, parte del cabello, y todo el brillo en la mirada. ¡Ay sus trenzas!¡ay…..!
Su marido la había apoyado en todo momento y había decidido permanecer a su lado. Por lástima, por amor, por principios…, por inercia. No lo sabía con claridad. Quizá se sentía culpable…,
Pero para ella, tenerle al lado equivalía a tener un animal de compañía al que de vez en cuando achuchas, al que quieres pero no entiendes, que te quiere y no te entiende. Él nunca podría comprender aquel infierno en el que vivía. Él...¿quién era él?. No recordaba su nombre..¿era una prolongación de sí misma?¿por qué seguía con ella?¿quién era ella, o mejor, quién había dejado de ser?. Ya no pensaba con claridad.

Ahora Esther se mira al espejo y ya no ve a la joven Alicia, ni a la poderosa Reina de Corazones, ahora ve su propia cabeza rodando por el suelo, con la boca contraída en una mueca de desesperación.
El mundo seguiría girando…,sin ella, durante siglos, milenios, sus compañeras tendrían asegurada la inmortalidad, se entretejerían unas vidas con otras a través de cordones umbilicales invisibles, amor, risas, sudor, lágrimas, sangre….!Vida!.
Pero ella….ella moriría sola, sola, y no quedaría de su paso por la tierra más que un vago recuerdo que se diluiría en el tiempo. Ella dejaría de ser Esther para no ser nada. Para ser nada. Nada.

Yo planté un tomillo,
yo lo vi crecer.
El que quiera honra,
que se porte bien.


Friday, December 28, 2007


PATITAS DE ARAÑA

-No te mereces esos ojos-
Marie había escuchado eso tantas veces de boca de los mayores que empezó a pensar que cualquier día se los arrancarían en un acto vengativo, o por pura envidia, quién sabe.
En efecto, tenía unos ojos tan hermosos y llamativos que no podrían ser de ninguna manera el espejo de su alma, pues Marie no era precisamente un ejemplo de bondad, y al contemplarla de cerca no podía sentir un más que desasosiego. Su mirada la componían dos bolitas verde esmeralda, brillantes y luminosas, enmarcadas por unas bonitas pestañas negro carbón, pero algo escasas, lo que la obsesionaba sobremanera. Aquellos ojos decían mucho y a la vez no decían nada, porque era mejor ignorar lo que pudieran contar de una niña como Marie.

Cuando nació en su casa todo era alegría y celebración, como es costumbre cada vez que llega un niño al mundo. Era un bebé rosado y taciturno. Jamás le oyeron llorar, si acaso gimotear o protestar con ruiditos cuando tenía hambre o sueño, pero la mayor parte del tiempo la pasaba sentado en su silleta, mirándolo todo con inquisición, con aquellos grandes ojos sin mediar palabra.
Resultaba una criatura tan inquietante, que las visitas tenian reparos a la hora de acercarse a ella, porque parecía que estuviera esperando para atacar, como una especie de gremlin rubio envuelto en talco.
Pareciera que pudiera leerte la mente y revelar los secretos más sucios. Uno se sentía realmente incómodo al mirar en las profundidades de aquel mar verde, tan inmenso e inabarcable como vacío, pues sus pupilas eran como dos pozos negros en los que daba vértigo asomarse.
Por eso temían acercarse, besarls, apretujarls, pellizcarle los mofletes y acariciarle el cabello, tal y como se suele hacer con los bebés que huelen a potito de manzana y pan recién hecho.
Ni siquiera sus padres le prodigaban demasiados mimos, también ellos se sentían intimidados por aquella extraña niña, pese a ser carne de su carne. Parecía que, al mirarla, vieran reflejadas sus faltas en aquellas pupilas tan dilatadas y sombrías.
Era un bebé ilegítimo, Rena, la madre de Marie, había tenido una aventura con un compañero de trabajo, harta de la inapetencia sexual y la dificultad para mantener relaciones íntimas de su marido, quién había consentido la aventura de algún modo, evitando enfrentarse de manera directa o indirecta a las continuas infidelidades de su mujer.
Llamadas sospechosas, mensajes de móvil, salidas nocturnas sin contar con él, ropa interior nueva, escapadas de fin de semana… Él prefería continuar en la ignorancia, vivía tranquilo, al fin y al cabo, ella siempre regresaba al hogar, completamente desfogada y saciada de hombre. De este modo no tenía por qué aplacar su sed con él, y él no tendría por qué enfrentarse a sus problemas de impotencia. Ella era feliz, él era feliz, ambos eran felices, y a su manera, se amaban.
Eran un matrimonio muy bien avenido, al menos en la superficie, y cuando Rena quedó embarazada, tuvieron que afrontarlo juntos, estrechar sus lazos afectivos y permanecer unidos en la crianza, al fin y al cabo, aquello que se gestaba en su vientre era un ser inocente, que nada sabía de adulterios y homosexualidad reprimida.
Tendrían que luchar para salir adelante, alimentar, cuidar y enseñar a su criatura a enfrentarse al mundo, aunque ella pareciera despreciarles y burlarse de sus debilidades, aunque pareciera querer escupirles a través de los ojos todos sus defectos, todos sus vergonzosos secretos de alcoba.
Marie siempre fue una niña muy arisca, poco sociable, acostumbraba a jugar sola y a buscar insectos y animalitos en el amplio jardín de casa. Cazaba lagartijas y les arrancaba los rabos para ver cómo se movían de manera independiente del tronco, arrancaba alas y patitas a moscas y mariquitas, y jugaba del mismo modo con las arañas, para después aplastarlas con piedras y verlas sucumbir ante la muerte. Cuando iba de excursión con el colegio aprovechaba para descubrir nuevas especies, perseguía culebrillas y las golpeaba con los mismos palos con que empalaba a las ranas que encontraba en las acequias. Una niña adorable.
Había descubierto un pasatiempo fascinante con qué pasar las tardes, que consistía en crear un punto de calor sobre el cuerpo del insecto ayudándose de una lupa, y disfrutaba viendoles morir achicharrados, plegando las patas sobre su propio cuerpo.
Sus padres querían por todos los medios alejarla de estos siniestros entretenimientos, pensando que algún día podría ser mordida por algún bicho. Pero podían estar tranquilos, su preciosa hija era la sabandija más ponzoñosa de todas.

Comenzaron a invitar a Susana, la hija del matrimonio vecino, con la esperanza de que su hija hiciera alguna amistad, ya que de la escuela sólo le llegaban quejas por mal comportamiento.
Aquello parecía el comienzo de una gran amistad. Susi era manejable y complaciente, y parecía encajar con el carácter dominante de Marie, quién siempre proponía los juegos y marcaba las reglas, mientras que la otra obedecía sumisa. A Susi le aterrorizaban las arañas, y cuando se negaba a aceptar las normas de Marie, ésta la chantajeaba amenazando con meterle alguna por debajo de la ropa o entre las braguitas. Así que Susi estaba alerta, y se aseguraba de ir con ropa apretada y pantalones cada vez que jugaba en casa de su amiga, pero ¿cómo iba a imaginar que tramaría la felonía de meterle una araña en el sándwich? Cuando se percató de que se había comido hasta la mitad y vio colgar las patitas entre el queso, empezó a vomitar y casi se ahoga.
Otro día le puso una araña de tamaño considerable en el pelo, con toda la intención. Susi sufrió un picotazo en la cabeza seguido de grandes dolores y una ampolla hemorrágica espantosa. Sufrió un shock, y además tuvieron que afeitarle casi toda la cabeza para extraer el veneno y desinfectar la herida, con lo que las burlas no cesaron.
- ¡Pareces una tiñosa con esa roncha en la cabeza!jajajaja-





Pero Susie la perdonaba una y otra vez, al fin y al cabo, era su única amiga, y ella tampoco tenía muchas habilidades sociales. En la escuela le hacían burla porque llevaba una aparatosa ortodoncia, y tras el incidente de la calva, la situación fue a peor. Los niños pueden llegar a ser muy crueles con quién no se ajusta a los patrones establecidos, o con quién sufre algún tipo de deformidad o peculiaridad física.

- Son cosas de niñas, no hay que darle más importancia- justificaban los padres, aunque en el fondo se sintieran turbados por el comportamiento cada vez más sádico de la hija.

Quizá alguien tendría que haberla reprendido con dureza desde el principio, pero el padre era un hombre apocado, y era capaz de imponer la menor autoridad. Y Rena…., Rena vivía en permanente estado de ansiedad , la zarandeaba o le soltaba algún cachete de vez en cuando pero quién acababa llorando siempre era ella.

Pasó el tiempo, y del mismo modo que caen las hojas viejas de los árboles para dar paso a otras nuevas, las niñas se fueron convirtiendo en encantadoras mujercitas. A Susie le quitaron el aparato de los dientes y Marie comenzó a usar el eye-liner y a depilarse las cejas para destacar sus enormes ojos.
Era muy atractiva en conjunto, pero se sentía acomplejada por sus pestañas, tan cortas y dispares, en cambio, las de Susie eran largas y rizadas, aunque sus ojos fueran de ese marrón pardo tan vulgar…
De nada servían las capas extras de rimel, se le acababan formando unos antiestéticos pegotes negros y aquel desaguisado le daba un lamentable aspecto de niñata de extrarradio. Y ella tenía clase. Quería tener clase.
Deseaba con todas su fuerzas unas pestañas falsas, negras y tupidas, como las que llevan las chicas de los anuncios de maquillaje, y aunque era demasiado joven para llevar postizos, no cesaría en su empeño de conseguir unas.
Acabó el último año de colegio y llegó el verano, largas y calurosas tardes ociosas, ideales para tramar nuevas fechorías como divertimento, pues ya se había cansado de matar bichos. Eso eran cosas de niñas, y ella se sentía mayor, sobre todo tras haber conseguido su anhelado postizo.
Cuando Marie apareció en casa con aquellas larguísimas pestañas, pintada como una puerta, su padre no daba crédito.
- Pero hija, ¿no crees que todavía eres muy joven para maquillarte de esa manera?
- ¡En septiembre empezaré el instituto, papá!-
- Pero Marie
…-
No pudo acabar la frase, porque la pequeña le dio la espalda y se dirigió con paso firme hacia la casa de los vecinos.
Parecía una pálida y siniestra muñeca de porcelana, de gesto hierático. Aquellos aderezos destacaban el blancuzco color de su piel, y sus pequeños labios pintados de rojo carmesí se asemejaban a una gotita de sangre en mitad de la nieve.


Al llegar al portal encontró a Susi llorando desconsolada, al parecer su madre le había dado un bofetón por no haber recogido su cuarto. La madre de Susi padecía de los nervios, era de las de visita semanal al médico o al psiquiatra, y engullía sin reparo todo tipo de pastillas, psicofarmacología cosmética para moldear el estado de ánimo y embellecer un alma triste. Empezando por el Prozac, y pasando por el Diazepam, el Prisdal, y un largo etcétera, incluyendo las inocuas flores de Bach. Si a todo este batiburrillo químico le sumamos las anfetaminas de las que se componían sus píldoras para adelgazar, el resultado era un explosivo cóctel que ponía más a prueba aún su carácter neurótico.
Discutía con frecuencia con el marido, especialmente durante sus crisis celotípicas, y la hija era la que acababa pagando los platos rotos, a veces era un bofetón, otras veces un escobazo en la espalda…, un pellizco de monja, en definitiva, un castigo sin venir a cuento… Al fin y al cabo, Susie hacía tiempo que había dejado de creer en ellos.
A Marie se le ocurrió una broma estupenda en aquel momento, y a la tarde, volvió a casa de Susie a merendar. Con la excusa de ir al baño, cruzó el pasillo y se introdujo en el dormitorio de sus padres. Dejó unas bragas debajo de la cama, para que, cuando las descubriera la madre de Susie montara en cólera imaginando una posible infidelidad de su marido, y ni que decir tiene que a la mañana siguiente se volvió a encontrar a Susie sollozando cabizbaja en el portal. Tenía una brecha en la frente a causa de una mala caída huyendo de la ira materna, y varios moratones en los brazos a causa de sendos pellizcos y golpes.

Marie estaba encantada con poder que le otorgaban estos tejemanejes, se sorprendía de cómo era capaz de provocar divertidos dramas familiares con tan poco esfuerzo…. Así que repitió el mismo modus operandi, pero en casa de otros vecinos y compañeros. Se acercaba con la excusa de pedir algún libro, preferiblemente por las mañanas, cuando el padre, o ambos, estaban en el trabajo, y burlando la atención, se introducía en los dormitorios maritales para dejar huellas de carmín en los calzoncillos y en las camisas, y esparcir bragas usadas en lugares estratégicos. A su vez, robaba pendientes sueltos que luego dejaba en camas ajenas. En ocasiones, las mujeres reconocían los pendientes de vecinas y amigas, y se enzarzaban en la calle en encendidas peleas. Logró enemistar a todo el vecindario con sus intrigas, y disolver algún que otro feliz matrimonio. Esto era mucho más divertido que aplastar escarabajos.
Incluso la madre de Susi llegó a sospechar de la madre de Marie, al hallar un colgante suyo y algunos pelos rubios (que Marie había cogido del baño) junto a la almohada, y hecha un basilisco, no dudó en zanjar su amistad montando una escena de lo más bochornosa ante los ojos atónitos de Rena y su marido, quién por primera vez, creyó en la inocencia de su esposa. Ellos sabían que aquello era cosa de Marie, pero por nada del mundo la delatarían. Ni siquiera llegaron jamás a hablarlo.
Si le das la espalda al monstruo, deja de existir, desaparece… Pero esto sólo funciona en los sueños. En la vida real, si quieres avanzar, si quieres pasar de pantalla, tienes que enfrentarte al villano y acabar con él, como en los videojuegos.
Pero Marie era un rival muy duro, y además, pensaban, ella no es mala, es sólo una niña…, casi una adolescente. Está confusa, buscándose a sí misma, necesita llamar la atención, son cosas de la edad.
La pequeña pestañeaba sorprendida cuando llegaban a sus oídos las desavenencias de fulanito con menganita, y la inminente separación de zutanita.
Se creía capaz de mover los hilos de las vidas de los demás a su antojo, como si fueran marionetas. Tan sólo necesitaba ser sigilosa y rápida, y proyectar el veneno en el momento justo…
Mientras unas se vuelven adictas a las compras, a Internet o a la comida basura, ella volvió adicta a la rumorología (sin dejar de lado las nuevas tecnologías, que ayudan a propagarlos con mayor facilidad y rapidez),y se dedicó a inventar vergonzosos chismes sobre amigas y conocidas, exagerando y agravando los ya existentes.
-Pues anoche pude ver detrás del garaje, con mis propios ojos, como la cabeza de Sandra se movía entre la bragueta un chico. Y no era su novio.
- ¿Sabeis lo que me han contado? Que Monique tiene una infección vaginal muy contagiosa, no me extraña, con lo poco que se lava y lo facilona que es-
- El padre de Nuria, la gorda de la clase, abusa de ella, lo se de buena tinta, ¡además, es él mismo quién la ducha y la enjabona! Lo he visto por la ventana.-
- Oyes, Paul, ni se te ocurra tener una cita a Sarah. ¡tiene el sida! Se lo contagió un chico del pueblo de al lado con el que andaba este verano, uno con pinta de yonki. Pobrecita, con lo mona que es…., igual hasta dentro de unos años no se le notará, pero se lo contagiará a todos !!!-

Nadie escapaba de la lengua viperina de Marie… pero la gente no era tonta, y pronto empezó a darse cuenta de sus manipulaciones.



El chico por el que bebía los vientos, Paul, se acercó un día a ella.
- ¿Sabes? Ya no me impresionas. Ni siquiera me gustas. Eres como el trozo de cristal que encuentras en el vertedero a la luz del sol. A veces uno espera encontrar tesoros allí, y se ciega al creer dislumbrar una esmeralda entre la basura, verde y brillante. Piensas que quizá alguien pudo tirar un anillo o una joya por equivocación, y revuelves entre la inmundicia para llegar hasta él. Cuando lo miras de cerca, descubres que es un miserable pedazo de vidrio de alguna botella rota… Es estúpido pensar que puedes encontrar algo valioso en un vertedero…
Algo así me ha pasado con tus ojos, creí ver algo precioso y de gran valor, pero al conocerte, pude comprobar que no eran más que dos vulgares trozos de vidrio sucio, a través de los cuales puedo ver la escoria de persona que hay detrás.-

Por primera vez en mucho tiempo, Marie se deshizo en lágrimas,y, ¡qué curioso!, brotaron viscosas… como babas de caracol.
- A nadie le importa lo que piense un mierda como tú, puedo tener a los chicos que quiera!¡déjame en paz!- contestó airada.
-
Y , en efecto, podía engatusar a los tontos que se propusiera, y no perdió el tiempo. Despechada tras aquellas contundentes calabazas, pronto dio su primer beso, largo, profundo, pegajoso..., con un chico algo mayor que conoció en la playa aquella misma noche. El receptor de aquel ósculo, murió a la mañana siguiente, pero la chica no le dio mayor importancia. Hasta que volvió a besar a un segundo, y a un tercero, que también fallecieron en extrañas circunstancias al poco tiempo, entre dolores de cabeza, convulsiones, fiebre y vómitos. Marie se creyó presa de alguna extraña maldición…, pero bueno, al fin y al cabo, estos chicos estaban mal alimentados, se habrían intoxicado con alguna hamburguesa en mal estado o con alguna salsa del chiringuito, o quizá tanto esnifar pegamento les habría pasado factura (esta era la versión con la que más le gustaba especular)
- Sí, sí, ¡te lo juro!, Tony se pasaba la noche esnifando de un botecito y no se qué más cosas que yo no conozco, pastillas…y algo así como polvos blancos que se me tía por la nariz….Estaba siempre colgado, no me extraña que tanto él como sus amigos murieran así.-

Hacia el otoño, Marie empezó a experimentar cambios en su cuerpo, cambios propios de la adolescencia. Le crecieron los pechos, que ya no asomaban tímidamente entre las apreturas de las camisetas como dos casquitos de albaricoque, sino que se erigían amenazantes, apropiándose de un tamaño considerable y desafiando toda ley de gravedad . También le empezó a salir vello, en el pubis, en las axilas, en las piernas…en los muslos, en los brazos y antebrazos, en la espalda… Bien, aquello parecía demasiado desarrollo, o demasiado vello, para una niña de tan sólo catorce años, y sus padres la llevaron al médico pensando que podría padecer cierto hirsutismo a causa de algún desarreglo hormonal, pero en la consulta y los análisis no se apreció nada anormal.
Aunque Marie era muy cuidadosa y pulcra con el asunto de la depilación, tuvo que soportar día sí, día no, las burlas de sus compañeros de clase, pues el vello cada vez crecía más rápido, y aunque se hubiera afeitado a primera mañana, por la tarde ya empezaban a asomar pequeños pelillos negros en las patillas, en los brazos, en los muslos…. Así que tuvo que optar por llevar siempre manga larga, cuello de cisne y pantalones, pasando un invierno aceptable. Pero con la llegada del buen tiempo y del calor, la ropa le producía picores insoportables.
En su primer día con falda, alguien le lanzó por detrás una maquinilla de afeitar, seguido de un montón de risas ahogadas. Marie se giró hacia ellos, caminando con paso decidido, pero salieron corriendo, y a la primera chica que agarró, le clavó con saña un bolígrafo en el ojo. La muchacha se arrodilló en el suelo, entre sobrecogedores gritos de dolor. Tenía el rostro, las manos y la camiseta llenas de sangre, y Marie, en un alarde de piedad, corrió a buscar un pañuelo para limpiarla. Pero lo que le trajo no era un pañuelo, sino un trapo sucio, un auténtico criadero de gérmenes que había encontrado en el cubo de basura de la señora de la limpieza.
La herida se le infectó y no pudieron salvar el ojo.


Marie celebró aquel macabro suceso y le buscó un mote apropiado a su nueva condición. Ahora nadie se atrevería a meterse con ella. Ahora todos le tendrían un respeto. ..


Una mañana, Marie empezó a encontrarse mal, sentía un hormigueo recorriéndole los brazos y las piernas, y en el desayuno presentó un aspecto tan desaliñado y extraño que hasta preocupó a su madre.
- ¿Qué te pasa esta mañana? Tienes los ojos oscuros, vidriosos. Deberías quitarte esos postizos de los ojos, cada vez son más exagerados, te tienen que hacer daño a la vista y además, te hacen parecer mayor. –

-¿Y qué pasa? Son mis ojos y hago con ellos lo que quiero.¿Acaso te digo yo lo que tienes que hacer con esa masa informe y fofa que tienes por trasero? Mejor deja de engullir como una cerda, y deja a los demás tranquilos con tus consejos baratos de ama de casa aburrida. ¡Eres taaan odiosa!-







Dio un bocado a la tostada y salió corriendo de la casa, dejando a su madre absolutamente consternada. En efecto, Marie estaba sufriendo a marchas forzadas cambios en su cuerpo…, y en su carácter, cambios que todo el mundo achacaba a la pubertad, pero pronto pudo descubrir que no era así.
A mitad de camino, decidió que esa mañana no iba a ir al instituto... No, mejor pasearía por el parque y escribiría notas anónimas con palabras atroces, propias de un perturbado, para asustar a alguna de sus compañeras.
Durante el paseo, una sensación muy desagradable la paralizó… Empezó a sentir cómo se encogía, se le encorvaba la espalda y se hacía ligeramente más pequeña. Se sintió paralizada por un intenso picor, el vello le crecía a gran velocidad, ¡las pestañas se movían solas!. Y entonces, presa del terror, lo entendió todo, todo sobre aquella paulatina transformación que ahora llegaba a su momento culmen a una velocidad pasmosa, porque, al fin y al cabo, ella fabricó sus propias pestañas postizas a base de patitas de araña, de varios tamaños, arrancándoselas en vida...
¡Ella misma se estaba convirtiendo en un peludo y repugnante arácnido!

-¿Ey? Qué demonios es eso?- oyó a lo lejos.
-¡Acabemos con él! ¡Debe ser peligroso!
Marie apenas tuvo tiempo de reaccionar, cuando una pandilla de chicos, armados con palos y piedras, se abalanzaron sobre su cada vez más pequeño cuerpo, golpeándola con furia, y pinchándola en el abdomen y la cabeza hasta dejarla desangrándose.
-¿ Crees que ya estará muerta? Parece que se mueve un poco…, ¡qué asco!
- Está agonizando, se le salen las tripas, y tiene media cabeza suelta, no sobrevivirá, pero no podemos dejar esta porquería aquí. Acércate a tu casa y trae una pala, ¡vamos a enterrarla viva!-

Wednesday, July 04, 2007

CUENTOS PRESUMIDOS.............

Primera entrega de mi serie "Cuentos presumidos": relatos de terror sobre niñas bonitas que perecen víctimas de su propia vanidad.

La pequeña Escarlata tenía demasiada prisa por hacerse mayor. Consideraba que los juegos propios de su edad eran para niñas tontas, y ella se creía muy lista.
Su mamá le compraba revistas con bonitos dibujos de animales para colorear, pero ella les arrancaba las hojas con furia, no sin antes llenarlas de pintarrajos. Tenía todos los caprichos que una niña de diez años podría desear, y aún así, no era feliz, y en su egoísmo, hacía todo lo posible por hacer patente su descontento, mediante travesuras y pataletas. Tenía un afán desmedido por maquillar a sus muñecas, lo cuál no hubiera molestado demasiado a su madre si no hubiera echado a perder su colección de muñecas de porcelana por culpa de los estrambóticos “make-up”, que la niña perpetraba con sus rotuladores permanentes.
Hacía tiempo que había pedido a sus padres que le regalaran un maletín de maquillaje “de verdad”, pero estos consideraron que era un regalo poco apropiado para su edad, y desde entonces, todo eran rabietas e insultos. Era imposible de controlar.

Desde pequeñita, Escarlata se sentía fascinada por el parsimonioso ritual de maquillaje que ejecutaba su madre a diario, y era, además, consciente, de las miradas de admiración y deseo que despertaba a su paso cuando la llevaba al colegio. Miradas que deseaba que algún día no muy lejano pudieran dedicarle a ella, a pesar de levantar apenas cuatro palmos del suelo. Quería ser mayor para poder coquetear.
Con frecuencia desplegaba sus “armas de seducción” con algún que otro vecino adolescente, a los que instaba a mirarle debajo de la falda, pero ni siquiera lograba que se ruborizaran con su atrevimiento. Por lo general, lo que conseguía con sus tempranas provocaciones infantiles eran únicamente risas y cierto estupor. Sólo tenía diez años y ya deseaba que la miraran con otros ojos.
-Anda, niñata descarada, vete a dar la lata a otra parte con tus majaderías-
-

Escarlata observaba a su madre sin perder detalle todas las mañanas, sentada en una esquina de la bañera. Presenciaba deleitada y maravillada todo aquel desfile de potingues, cremas, polvos y coloretes, que culminaban en…¡oooh, el pintalabios!.
Y es que aquel pintalabios dotado de un color rubí intenso que enmarcaba su boca tornándola húmeda, jugosa y deslumbrante tenía algo muy especial, tan especial como extrañamente siniestro.

Se trataba de una barra de labios “exclusiva”, que sólo podía adquirirse en una pequeña boutique de cosméticos situada detrás de su casa, regentada por una señora extranjera que vendía a su vez todo tipo de ungüentos para beneficio de las diferentes “dolencias” femeninas, tanto del cuerpo como del alma. Aceites revitalizantes , perfumes exóticos, fórmulas magistrales para combatir la depresión, la apatía o el extinto vigor del esposo, y algún que otro discreto elixir tóxico para las que tenían prisa por heredar.

En realidad más que una boutique, parecía una farmacia, y sin duda, el producto estrella eran aquellas carísimas barras de labios cuya fórmula secreta, como por encantamiento, rejuvenecía y otorgaba una sensualidad nunca vista a los labios de aquellas que lo probaban. Labios espectaculares, que al instante llamaban a la lujuria y al beso en una trampa de terciopelo y de gloss, toda una demoniaca gama de rojos intensos, bermellones, granates…, que de alguna manera alteraron el sosiego y la paz de aquel pequeño pueblo.

Las más ancianas del lugar, al igual que las mujeres de fe y de misa diaria, se persignaban nerviosas al pasar por aquella tienda, como si hubieran visto al mismo Satanás, ya que tenían a la dueña por bruja. Y no era para menos, porque muchas de ellas habían perdido a sus maridos en brazos de lascivas muchachas de labios rojos como carbones encendidos, o bien habían visto descarriarse a sus hijas adolescentes, o desaparecer para siempre subidas en la furgoneta de algún extraño.
Escarlata, sin embargo, no tenía ningún miedo, y se pasaba horas mirando a través del cristal, de puntillas, observando las idas y venidas de todo tipo de mujeres, envueltas en diferentes perfumes. Casi todas parecían señoritas de vida licenciosa, o bien lo acababan pareciendo en la segunda visita. Las faldas se acortaban, los escotes exhibían sus turgencias si ningún pudor, los cabellos se liberaban de horquillas y los labios…ay los labios… Los labios se mostraban jugosos como frutas abiertas, pero a la vez, retadores y letales como flores carnívoras . Escuchaba las estruendosas risas de las muchachas en el interior, y sus conversaciones, tan subidas de tono que en ocasiones la hacían sonrojar. La pequeña Escarlata deseaba con todas sus fuerzas poseer una de esas preciadas barritas de labios, y ya que su madre hacía tiempo que guardaba sus afeites bajo llave, cansada de sorprenderla en el baño pintada como una meretriz barriobajera.
Así que decidió que no tenía más opción que robarla…
Una aciaga tarde se acercó a la boutique, con paso decidido, y entró con sigilo… La dueña, una bellísima mujer de mediana edad con el cabello ensortijado recogido en un imposible tocado, simuló no haberse percatado de su presencia, mientras atendía a dos señoras que habían venido a comprar un preparado “energético” para maridos poco complacientes.
Cuando se marcharon aquellas dos, cerró la puerta con llave, con la niña dentro y bajó las persianas.
- ¿Buscabas algo, pequeña? Eres bonita, muy bonita- le dijo, con una voz melosa y maternal.- Si bajas conmigo al sótano, quizá pueda darte lo que estás buscando-
Nunca más se supo.
La búsqueda de la niña duró semanas, meses, los padres, angustiados, sembraron las calles de carteles con su foto, en vano. Antes que ella, habían desaparecido otras niñas del lugar, sin dejar ningún rastro.
A su mamá la invadió una pesada tristeza, y dejó de comer, de arreglarse, de dormir, aquello supuso su muerte en vida. Fueron unos meses terribles, de incansable búsqueda, pero no les quedó más remedio que asumir su pérdida y darse por vencidos, y todo volvió a la normalidad.
Un día la mamá volvió a comer, a dormir, a vestirse de forma coqueta, a peinarse, a maquillarse, y adquirió en la pequeña boutique otra barra de labios, muchísimo más cara, y de un color escarlata tan radiante e intenso como la sangre de los inocentes….

Cuál fue su sorpresa cuando, al deslizar aquel unte por sus labios, y paladear un intenso y familiar sabor, su boca se torció en una horrible mueca de amargura y horror.
Había encontrado a su hija.

Tuesday, July 18, 2006

BEAUTY KIT..........................................
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Wednesday, June 21, 2006

LA ASPIRANTE A ACTRIZ.......................................................................................................................................


Laura ensayaba sus particulares melodramas frente al espejo, después de cepillarse el pelo durante una hora. Casi siempre comenzaba con guiones de Woody Allen, (le hubiera encantado ser Mira Sorvino en “Poderosa Afrodita”) pero luego improvisaba sobre la marcha, convirtiendo los chispeantes diálogos del director en absurdos y malogrados sainetes, entonados con una desagradable voz nasal más cercana a “The Muppets Shows” que a cualquiera de las actrices de cine negro a las que Laura también pretendía emular con escasa fortuna. Greta Garbo, Ava Gardner, Bárbara Stanwick…, Bette Davis, entre otras, eran algunos de sus referentes del cine negro.
Aunque algo de mujer fatal sí que tenía, aunque más de fatal que de mujer, y ya es decir...
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Porque Laura interpretaba a todas horas, incluso en su vida ordinaria…. Todo lo exageraba, todo lo caricaturizaba, aumentaba y superlativizaba,todo lo convertía en un acto teatral de dimensiones épicas, lo cual no dejaba de ser tremendamente divertido en ocasiones, y cansino y extenuante en otras.
Reía de manera estrepitosa, ansiosa siempre por hacerse notar, y en cuestión de segundos, podía pasar de la carcajada más sonora al llanto más desolador, acompañándose siempre de teatrales gestos.
Se podría decir que era algo histriónica, tenía un carácter irascible y se daba ciertos aires de grandeza bajo los que ocultaba una gran falta de confianza en sí misma, pero cuando le interesaba podía llegar a ser realmente encantadora, y desprender cierto “charm”, aunque siempre rompía la magia del momento con alguna ordinariez fuera de tono.
Digamos que no era una chica muy cultivada, y que su léxico era más bien pobre, de chica de polígono, sembrado de tacos y expresiones chabacanas.

Pero pese a sus limitaciones, ella sería una gran actriz, sin duda... Eso lo tenía muy claro. Era un diamante en bruto, una fierecilla a punto de ser domada, pero aún no había llegado “su momento”, aún no se había cruzado con su Pigmalión.
Se presentaba a numerosos castings, pero por unas cosas u otras, casi nunca la llamaban, más que para breves apariciones como secundaria o extra.
Y entonces volvía a pasar largas noches frente al espejo, preguntándose qué fallaba…¿no era lo bastante bonita? ¿no lo era? .Tenía una larga y frondosa cabellera pelirroja que le caía graciosamente sobre los hombros, salpicados de diminutas pecas. Con aquella melena ondeando alrededor de sus generosas caderas podría haber sido una perfecta Salomé, bailando la danza de los siete velos ante la mirada atónita de un Juan Bautista a punto de ser degollado….Photobucket - Video and Image Hosting

- Déjame besar tu boca, Jochanaan.
-Atrás, hija de Babilonia! Por la mujer vino el mal al mundo! No me hables, no quiero escucharte! Yo sólo oigo la voz del señor! Mi dios!


Dame la cabeza de Jochanan! – Acto seguido agarraba un cojín a modo de cabeza y continuaba recitando con gravedad:
-
-Oh! ¿Por qué no me has mirado, Jochanaan? ¡ Si me hubieras visto me habrías amado! Tengo sed de tu belleza, tengo hambre de tu cuerpo….Ah! He besado tu boca, Jochanaan, había un sabor amargo en tus labios, ¿sabia a sangre? No, pero quizá sabía a amor, dicen que el amor es amargo…¿Pero qué importa? ¡He besado tu boca!



Sí, estaba convencida de su talento y orgullosa de sus curvas, pero aborrecía su nariz de cerdita, y de su diminutos pechos, que podían caber perfectamente en una copa de champán….Sí, claro, sería eso, debía aumentar un par de tallas de sujetador…
Eso la dotaría al menos para papeles de mujer fatal, de enfermera cachonda o de cualquier suerte de sex-bomb. Y así lo hizo, cuando consiguió ahorrar lo suficiente (lo que le costó casi un año, pues trabajaba de camarera y go-gó ocasional) se puso un par de prótesis considerables, exageradas….porque ella todo lo hacía a lo grande, nada de medias tintas. Unos pechos que desafiaban la ley de la gravedad y de la física, enormes y duros.
Así nadie podría rivalizar con ella, al menos en lo que a exuberancia pectoral se refería, porque, como nunca podría ser realmente hermosa, decidió ser exuberante, sensual, sexual….
Laura no tenía tiempo para el relax, para ella la vida era una competición permanente entre mujeres (en su fantasía paranoide) con las que mantenía un juego de rivalidades absurdo. Por esta cuestión no tenía amigas, amigas de verdad, quiero decir. Porque compañeras de juerga no le faltaban, pero iba granjeándose poco a poco su enemistad a base de competir por los mismos hombres.
Al principio de comenzar una amistad todo eran halagos, risas, largas tarde de café y confidencias, de shopping, y eternas noches de alcohol, hasta que se cruzaba alguien del género masculino... En ocasiones estas relaciones se convertían en algo realmente absorbente, eran casi obsesivas…, en las que incluso parecía implicarse sentimentalmente, pero eran muy breves, y Laura acababa estropeándolo todo con sus neuras, con sus celos, revolviéndose como un animal herido (herido en su fantasía), expandiendo falsos rumores a espaldas de ellas, intrigando y divulgando secretos que alguna vez le habían confiado...
Pero con lo que más disfrutaba, era llevándose al dormitorio a sus novios, a sus ligues, en algún descuido, desplegando todas sus armas de mujer o bien fingiendo estar muy borracha para que la llevaran a casa... y una vez allí se abalanzaba sobre ellos sin piedad. De esta manera se sentía estar por encima de ellas, sentía que “había ganado el torneo”, llevándose a la cama su particular trofeo. Vivía en una continua lucha contra el resto de su género, pero ignoraba que, en realidad, ella misma era su peor enemiga.
Así aplacaba su complejo de inferioridad, y se sentía ganadora, se sentía guapa…

No, no se sentía ruin, ni traicionera, ni mezquina, ni tramposa, ni maquiavélica, se sentía guapa….

Y es que Laura era la eterna rival….Cuando era una niña, rivalizaba con su hermana pequeña por el amor y la atención de su padre. Su hermana era preciosa, ciertamente, mucho más que ella, y sin duda era la favorita del progenitor, pero no tanto por su belleza, sino como por su bondad, algo que Laura nunca alcanzó a entender. Porque Laura no sabía hacerse querer, era egoísta, caprichosa, excéntrica, envidiosa, ciertamente una niña molesta, deseosa de llamar la atención y siempre celosa de las otras niñas, y siguió arrastrando su particular complejo de Electra durante toda su vida. No sólo su padre, sino todos los hombres, debían ser suyos, debían mirarla a ella, debían amarla a ella, debían pertenecerle a ella.
También le acomplejaba gravemente el no haber acabado sus estudios en el Instituto, sus notas siempre habían sido flojas, y pasaba más tiempo fumando en el lavabo y bebiendo cerveza con los compañeros malotes que en clase.
Pero….
¿Para qué necesitaba estudiar? ¿De qué le iba a servir? Si ella iba a convertirse en
una gran actriz!!
Laura era muy “conocida” en el mundo de la noche, y no sólo por haber trabajado desde los quince años de camarera y go-gó de discoteca pachanguera. Con gran esfuerzo, o poco, según se mire, se había granjeado una merecida fama de “felatriz
comebolsas”. Porque aparte del sexo, la cocaína era su perdición, y por unas cuantas rayas ella se ofrecía a subirte al cielo en el cuarto de baño más mugroso y hediondo.

Sí, ciertamente, tenía una vida sexual muy agitada, y no porque fuera una chica hermosa, sino porque era una chica fácil. Pero ella nunca se daría cuenta de aquello, inmersa en su fantasía narcisista. Para ella cada conquista era una reafirmación de sí misma y de la belleza que tanto ansiaba alcanzar y que por momentos se le escapaba o le daba la espalda- se acuestan conmigo, luego me desean, por lo tanto soy guapa- ¿Qué cuánto duraban los hombres en su cama? Una noche…, dos, a veces casi una semana.
Alguna vez amó, algunas veces, pero era demasiado orgullosa como para suplicar después de haber sufrido un desaire. Se había sentido despreciada muchas veces, la habían hecho sentirse sucia y ninguneada, pero no hay nada que medio gramo no te haga olvidar. En unos segundos vuelves estar arriba, aunque bien es sabido que cuanto más alto vueles, más dura es la caída. Pero claro, ella nunca se daba tiempo para bajar.
Desde que estrenara sus prótesis de silicona, su fama fue “in crescendo”, y ella se llegó a creer una auténtica diosa del sexo, a la que se debía adorar y rendir pleitesía, una Venus….
Pero una Venus en ruinas, más bien… Laura acababa de cumplir los 35, y, pese a haber utilizado las mil y una argucias con la entrepierna, su oportunidad de saltar a la fama no llegaba… Las continuas dietas yo-yo, y los excesos nocturnos, habían dejado una huella indeleble, tanto en su rostro, ajado y grisáceo, que ya presentaba unas marcadas patas de gallo, como en su cuerpo. … que había conocido tiempos más gloriosos.
Las turgencias habían dado paso a la flacidez, a la piel de naranja…, pero al menos los pechos seguían en su sitio, artificialmente desafiantes y perfectamente modelados, lo que la consolaba en parte.
Treinta y cinco años….treinta y cinco, y no había conseguido más que pequeños papeles en cortometrajes “amateurs” y alguna que otra figuración en teleseries de adolescentes. Y eso que más de una vez se había “arrodillado”con la esperanza de conseguir un papel protagonista. Pero la engañaban vilmente, la camelaban como a una niña inocente, sólo que en vez de caramelos lo hacían con unos tiritos de polvo blanco, y tras unas sacudidas de cama prometían lo que finalmente nunca estaban dispuestos a cumplir.

Pero un día, la suerte de Laura cambiaría… justo la noche de su cumpleaños, que ella quería festejar por todo lo alto. En el bar hicieron aparición dos atractivos hombres con acento extranjero , muy bien vestidos, que propondrían a Laura ser la cabeza de cartel de un ambicioso proyecto, convertirse en la sensación del momento, en la actriz “erótica” más espectacular de todos los tiempos,en primera actriz….
Sexo, glamour, sábanas satinadas, lencería atrevida, tacones de vértigo, ….¿Pornografía soft?
Bien, ¿y por qué no?. Ella era una chica liberal, sin prejuicios, y, qué diablos, todavía estaba de muy buen ver, tenia buenas curvas, un pecho generoso, … y por supuesto, talento, mucho talento…
La suma que ofrecían era más que sustancial, y el lugar de rodaje de la primera de una serie de elegantes películas “eróticas”, sería en un lujoso chalet a las afueras de Barcelona…
Sólo estaría ella, de actriz principal, junto a tres actores más, tres chicos jóvenes que se encargarían de hacerla disfrutar y de sacar a la luz toda su sensualidad y talento.-Estupendo- pensó ella, así ninguna mujer le restaría protagonismo, así brillaría con luz propia, ella, ella…. moviéndose como una culebrilla lasciva frente a la cámara, ahora por fin todos sabrían de lo que era capaz...
Laura, la reina del sainete, iba a dar su gran paso al estrellato, con un espectacular salto mortal.
Llegó el gran día, sábado noche, y Laura no estaba nerviosa…era una profesional. El salón donde iban a rodar las primeras escenas era amplio y estaba decorado con un gusto exquisito, de burdel de lujo, en tonos ocres y rojo oscuro. En el centro habían dispuesto una cama redonda con almohadones ovalados y le habían proporcionado un amplio surtido de ropa interior para hacerle una sesión fotográfica antes de comenzar el rodaje.
-Tú déjate llevar, Laura, queremos sobre todo que seas natural, que te dejes llevar, vas a salir guapísima…
-
“vas a salir guapísima…vas a salir guapísima….

Y Laura, tras varias copas de champán y cinco o seis rayas de coca, empezó a dejarse llevar….poco a poco, entregándose al momento…Primero todo fue muy suave, con el primer chico, todo parecía ir bien, después se sumó un segundo, y luego un tercero. Aquello no le asustaba ni la violentaba, no era la primera vez que practicaba el sexo en grupo, y sobre todo se preocupaba muy mucho de quedar bien en cámara, de no torcer el gesto, ni hacer movimientos bruscos, pese a que comenzaban a hacerle daño, mucho daño. Primero tirándole del pelo y agarrándola con tal fuerza que bien pareciera que quisieran desollarla, después, con una salvaje sesión de spanking que le dejó al rojo vivo las nalgas. Más tarde, introduciéndole por todos sus orificios diferentes objetos, de un tamaño mucho mayor al que estaba acostumbrada, provocándole graves desgarros. Eso le dolió terriblemente,…, y aunque al principio hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas, al poco se dio cuenta de que daba lo mismo lo que hiciera, que no había vuelta atrás. Y que de nada servirían las súplicas, aquello no se detendría nunca, más que con su vida.
De todos modos la embriaguez y el estupor no la dejaban articular palabra, el tiempo transcurría lento y la tortura era cada vez mayor, llegó un momento en que la cabeza comenzó a darle vueltas…., sentía naúseas, confusión, angustia, miedo, pero sobre todo, dolor, mucho dolor, y ya era incapaz de ver nada porque le habían tapado los ojos con una cinta que le oprimía fuertemente las sienes. Tampoco era capaz de hacer nada, ni de resistirse, porque sus movimientos eran torpes y carentes de fuerza, no podía ofrecer resistencia alguna.
Laura sabía que aquella sería su última escena… De alguna manera, lo había presentido minutos antes de empezar, pero… ¡qué importaba, iba a cumplir su gran sueño!¡iba a salir guapísima…
guapísima….
guapísima…¡ Iba a convertirse en una gran actriz!

Wednesday, May 31, 2006

ROSA CHICLE............................................................................................................


Irma siempre vestía de verde esmeralda, desde que viera aquella película en la que Shirley McLaine interpretaba a una pizpireta prostituta que se llamaba igual que ella. Me refiero, por supuesto a “Irma la Dulce”. Pero nuestra Irma tenía poco de dulce, y mucho de huraña y malhumorada.
Pero, al igual que ella, también fumaba sin cesar, fumaba como si se le fuera la vida en ello, un cigarrillo tras otro, con tan sólo 15 años. Un feo y nocivo hábito que había adquirido de su madre, una ex-enfermera alcohólica, que en un tiempo fue una mujer preciosa, hasta que su marido le cruzó la cara con una navaja en un ataque de celos.
Desde aquel incidente, su rostro y su boca quedaron completamente desfigurados, y a su eterno gesto de autocompasión le acompañaba ahora una extraña sonrisa cínica, con un borde hacia arriba y el otro hacia abajo, como si se tratara de una máscara tragicómica. Aunque que más que una sonrisa era una mueca de amargura.

Al poco tiempo, él las abandonó, y se marchó con una camarera veinte años más joven y con un cutis libre de cicatrices. Dicen que el hombre acaba destruyendo aquello que ama, y eso fue lo que aprendió Irma, al menos en boca de su madre, que no paraba de repetirle una y otra vez:

-Los hombres son egoístas, son criaturas del infierno, Irma. Cogen de tí lo que quieren, y una vez lo tienen, si no lo pueden hacer suyo te acaban rompiendo la vida. Además, huelen mal-

Y acto seguido se encendía otro pitillo y se servía una copa de vodka que apuraba en dos tragos.

A pesar de que el odio hacia ella la consumía por dentro, Irma siempre creyó los consejos de su madre a pies juntillas, aunque nunca dejara de considerarla una perdedora chiflada y una derrotista. Y al igual que a ella, le desagradaba hasta la naúsea el olor de los hombres.
Lo sabía porque empezó a acostarse con ellos a los trece años. Porque la buscaban, y no sabía decir que no, porque era guapa y tenía miedo, tenía hambre de cariño y tenía también hambre de padre. Y aquel ejercicicio extenuante de sudor, abrazos y mordiscos era el sucedáneo más parecido al amor que ella había conocido hasta entonces.

Después comenzó a entregar su cuerpo a cambio de cosas, sobre todo cigarrillos, o un paseo en moto, un vestido nuevo, y más tarde por dinero. Irma aprendió que el sexo era una moneda de cambio, y un modo de manipular a los chicos a su antojo, pero siempre se acordaba de las palabras de su madre y nunca dejó que tomaran más de lo que ella ofrecía y estaba dispuesta a dar.
Lo que para algunas significa mucho, para ella significaba más bien poco. Su actitud ante el sexo era totalmente fría y pasiva, y era innegable que eso a muchos les gustaba.
Se tumbaba y se abría de piernas, como si aquello se tratara de un último acto sacrificial, y dejaba que los chicos la bombearan otra vez, entre gruñidos sordos , y, sumisa y callada como una muñeca permitía que la ensuciaran de saliva y otros fluidos y que le estrujaran los muslos y los brazos hasta dejarle el cuerpo lleno de pequeñas marcas, de dientes, de pellizcos...
Por eso siempre estaba llena de moratones, no tanto porque tuviera la piel tan blanca y delicada que parecía translúcida , sino por el ansia con la que la sacudían para hacerle el amor. Si a aquel intercambio de gemidos y lametazos se le podía llamar así. Lo cierto es que algún que otro incauto acababa enamorándose de ella, fascinado por ese aire de mujer fatal o de presa fácil, algunos llevados por el morbo insano, y otros por puro paternalismo.

Pero era entonces cuando ella, movida por la vanidad, el orgullo y el resentimiento, se mostraba cruel y desdeñosa, correspondiéndoles con el mayor de los desprecios. A simple vista podría parecer que era una arpía sin sentimientos, pero no era así.
Irma estaba enamorada de Rosa, una chica de su clase. Se sentaba dos filas detrás de ella y la contemplaba ensimismada mientras la escuchaba mascar chicle de fresa como una auténtica idiota, lo cual le parecía, por otra parte, tremendamente erótico… Rosa era menuda y rubia, introvertida y algo tonta, o mejor dicho, era absolutamente boba, lo que le daba un aire taciturno y melancólico no exento de cierto misterio.

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Apenas hablaba, y toda su conversación se reducía a tímidos monosílabos. No hacía otra cosa que atusarse los rizos y mascar chicle, y todo en ella olía a fresa y vainilla. Su piel, su pelo, sus vestidos, sus libretas….Para Irma aquellos efluvios eran celestiales, y en cuanto tuvo ocasión, le robó el pañuelo que llevaba atado al cuello para poder respirar su olor mientras dormía, pensando en ella.
Sin embargo, a Irma le parecía que los chicos olían a madera vieja, a tabaco, a óxido, a lejía, a tierra húmeda y en el mejor de los casos a clorofila. Porque los chicos nunca mascaban chicles de fresa, eso sería de maricas.
Rosa, a pesar de ser tremendamente torpe en muchas lides, hacía gala de una gran habilidad y destreza con las gomas de mascar, conseguía unas pompas enormes, perfectamente redondas y rosadas, e Irma, en sus fantasías más lúbricas, imaginaba que las nalgas de ella debían ser también como dos delicadas pompas de chicle, y se preguntaba si reventarían de un par de cachetadas...
No en cambio las suyas, que se habían hecho fuertes y duras a base de magreos, golpes y embestidas.
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Cuando hacía explotar aquellas enormes burbujas, Irma no podía dejar de acordarse de esa canción de Nancy Sinatra con la que vio por primera vez bailar y abrazarse a sus padres en el salón, embriagados y a medio desvestir. Fue la primera, la única y la última vez que los viera felices, aunque por la manera desesperada que él tenía de agarrarla, más bien pareciera que la quisiera estrujar hasta robarle el aliento.

Bang bang you shot me down
bang bangI hit the ground
bang bang that awful sound
bang bang, my baby shot me down..

Irma comenzó a acercarse a Rosa, al fin y al cabo, ninguna de las dos tenía muchas amigas, por no decir ninguna. Rosa, porque era tan insultantemente guapa que resultaba amenazadora, Irma, porque a los ojos de las demás era una chica fácil, una guarra.
Paseaban por las inmediaciones del río y se tumbaban al sol, a acariciarse el pelo la una a la otra sin hablar demasiado ni hacerse grandes confidencias. Y era mejor así.
Rosa provenía de una familia bien, era hija de un matrimonio bien avenido, e Irma no hubiera querido quebrar su inocencia con el relato sórdido de su doble vida.

Pero una tarde, encontró a Rosa más rara y callada de lo habitual, y recordó que durante toda la hora del recreo, la había estado evitando, y que en vez de buscarla en la verja trasera se había sentado con tres o cuatro chicas que no hacían otra cosa que reírse e intrigar mientras la miraban, susurrándose cosas en el oído.

-No quiero que sigamos siendo amigas, Irma. Ya me han contado que tu madre es una borracha, y que tú eres una puta.-

No sólo le desconcertó oírla por primera vez decir dos frases seguidas, sino que el mundo se le desmoronó en aquel momento en que los virginales labios de Rosa pronunciaron la palabra “puta”. Y no es que fuera la primera vez que la llamaran así, muy al contrario, había escuchado ese calificativo miles de veces, de boca de los hombres, de las compañeras, hasta de su propia madre.., pero...aquella palabra brotando de boca de Rosa sonaba realmente sucia, abominable, verdaderamente hiriente, como dos puñaladas a traición en el pecho...

PU-TA , como dos golpes de martillo, uno en cada sien.
PU-TA
PU-TA
Se dio la vuelta tapándose los oídos y salió corriendo hacia su casa. Encontró a su madre beoda perdida y medio desnuda sobre el sofá, que apestaba a orines de gato. Agarró la botella de vodka y se encerró en el cuarto a beber, entre hipos y sollozos. Era la primera vez que lloraba, y sería la última.
A la mañana siguiente, no fue al instituto, ni a la otra, ni a la otra…, ni a la otra....Hasta que un día llamaron a la puerta con gran insistencia. Era Rosa, mascando chicle, bañada en lágrimas y con el arrepentimiento dibujado en sus ojos, esos ojos vacíos y estúpidos, y sin embargo tan azules y grandes que uno podía imaginar que había cualquier cosa dentro de ellos, y con eso bastaba para dotarlos de cierta magia, o cuanto menos, inteligencia.
Sin decir una palabra la abrazó llorando hasta dejarle el jersey lleno de mocos, y el delicioso olor a fresa hizo olvidar a Irma todo lo que había pasado. Subieron al cuarto y se sentaron en la cama.

"I hit the ground, bang, bang…

Su canción sonaba, una y otra vez, y como de costumbre no hablaron gran cosa, mejor así. El amor casi siempre consiste en proyectar tus propias fantasías en la pantalla del otro, mientras menos sepas de él, mientras más calle, mientras más blanca y vacía sea la pantalla, más claramente podrás ver aquello que deseas.
Reían sin parar, mientras hacían pompas de chicle y competían por ver quién hacía la más grande. Rosa empezó a soplar, a soplar, a soplar, despacito……era una enorme bola rosa, nacarada , suave, Rosa mantenía los ojos entrecerrados, concentrada en su hazaña, la boca entreabierta, tan jugosa que… Irma no pudo evitar abalanzarse sobre ella para besarla.., y ¡bang!
Sus rostros se fundieron en una amalgama de carne, pestañas, lenguas y chicle, pero aquel pegajoso ósculo tuvo un desenlace trágico. Rosa empezó a ponerse roja, a gesticular entre convulsiones, a toser..., del rojo pasó al morado...hasta que dejó de respirar, e Irma, presa de la confusión, nada pudo hacer por ella……
Murió atragantada con su propio chicle.
Una muerte ridícula, pero no exenta de cierta justicia poética.
Irma jamás pudo superar aquella pérdida, dejó las clases en el instituto y siguió con lo suyo, acostándose con hombres a cambio de dinero. Aunque en la mayoría de las ocasiones, lo hacía por puro placer…, obligándoles a mascar chicle durante el acto, en una suerte de ritual fetichista en memoria de la difunta.
Y hacía como de costumbre, se tumbaba, abría las piernas, permanecía lánguida y pasiva como una muñeca muerta, pero con una ligera variación. Cerraba los ojos, y el olor a fresa y el incesante chasquido de dientes le evocaban a Rosa, Rosa, Rosa,…., sólo de esta manera llegaba al orgasmo, recreándose en el espejismo de amor que precede al coito, y reteniendo el recuerdo de la única persona a la que quiso en la vida y que la llamó puta.

Bang bang, he shoot me down
Bang bang, I hit the ground
Bang bang, that awful sound
Bang bang, my baby shot me down